De todo un poco, un blog de consejos
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Reflexiones sobre el suicidio y sus implicaciones sociales

Es sumamente digno de tomarse en cuenta todas la opiniones que ha suscitado este debate-foro virtual sobre el Suicidio. Me gustaría, a manera de participar pasivamente, tomaran en consideración el siguiente resumen de un capítulo de la novela “RÉQUIEM POR UN SUICIDA” del escritor mexicano René Avilés Fábila, cuya obra fue inicialmente publicada en España.

No sin antes mencionar que estoy de acuerdo con la postura propuesta por Carlos Salinas.

” Todo el mundo tiene derecho a matarse. Es parte de su libertad, dice un personaje de Milán Kundera en el capítulo ‘El suicidio? de “La inmortalidad”, durante una discusión sobre una mujer que amenaza con suicidarse.

Se trata de hallar -añado- la sociedad perfecta, madura, avanzada, en que el suicidio está permitido y no sea razón de vergüenza o de rechazo, como la homosexualidad y el lesbianismo, como el aborto y la eutanasia, sino de respeto por una decisión tomada voluntariamente, en pleno uso de facultades intelectuales, en un momento en que uno diga ¡basta!. Se necesita de otra ética, de otras costumbres, de otras leyes, de religiones distintas. Hemos llegado al siglo XXI arrasando los fardos de aquellos que creyeron ver un pecado más grave en el suicidio de Judas que en la entrega de Cristo a sus enemigos.

Jamás hubieran escrito una línea si Virginia Wolf, Horacio Quiroga, José María Arguedas o Salgari no se hubieran matado. Poseen una carga morbosa. Tendríamos que ver el suicidio de manera natural. Acuña y su muerte llevada a cabo por mano propia. Alfonsina Storni que fue hacia el mar y allí se perdió. Stefan Sweif, etc. Parecería, así las cosas, que nada más los escritories se matan. La verdad es que únicamente un porcentaje modesto de poetas o narradores atormentados que de pronto se topan con una derrota insalvable se suicida.

¿Qué tienen los artistas que hacen más atractivo el quitarse la vida?

¡Ah, si uno pudiera desaparecer del planeta sin que nadie lo notara!

Odio los funerales: son eventos sociales del peor gusto, reconcilian enemigos, son contados los chistes más abominables. Y los elogios al muerto: fatales.

Pero si hemos de hablar de suicidios, hablaremos de los literarios: el que Rulfo al dejar de escribir fue más dramático que el de Manuel Acuña. Al primero una rigurosa y terrible autocrítica lo paralizó y lo mató en vida.

El segundo fue una versión mexicana del romanticismo europeo, una figura trágica a fuerza. Sin su muerte voluntaria es probable que nunca hubiera sido célebre.

Siempre me han encantado, como a muchas personas, los escritores atormentados que acaban matándose. Yo, estoy seguro, no seré uno de ellos, me suicidaré cuando sea feliz…

El suicidio no es, para la sociedad, más que un vulgar delito. Un delito que tiene la única ventaja, solitaria ventaja, de no recibir castigo salvo en la religión. Rilke escribió una vez, desesperado: “Yo quiero morir por mi muerte, no por la muerte de los médicos”. Y no carecía de razón: ¿acaso jamás podremos diseñar nuestro propio fallecimiento, como alguien planifica su familia, el próximo negocio o las vacaciones siguientes?.

No se trata de darme valor, se trata de hallar la situación ideal para largarme de este mundo. A mi padre le asqueaba pero no lo decía por el temor que este tipo de declaraciones provoca en los demás, en esas personas que pasan la mitad del tiempo señalando qué bello es vivir.

Yo preferiría que en la lápida pongan una cita de Camus: “No hay más que un problema verdaderamente filosófico serio: es el suicidio. Juzgar que la vida vale o no vale la pena de ser vivida es contestar a la cuestión fundamental de la filosofía”

A no ser que la inmortalidad provenga de un castigo, es por completo rechazable. Para nadie es un premio recorrer por siempre una humanidad estúpida y repleta de defectos, que no mejora, al contrario, empeora. Y lo más grave es que son los eres sensibles, los mejores, los más inteligentes y cultos, los creativos, los que hacen el bien a los demás, los que no roban ni matan, quienes se suicidan. A los otros habría que ejecutarlos porque ellos no desaparecerán voluntariamente.

“Me preguntaba porqué soy suicida, qué ingrediente de más o menos posee quien un día se mira ajeno al mundo que lo rodea y descubre así es, aunque no haya visto nunca mi suerte y creo que seguiré haciéndolo hasta lograrlo”.

Para los demás sería sencillo hallar culpables y dar una explicación tan racional que humillaría al suicida, por lo menos si yo fuera tal.

Cierto es que el suicida vive en sociedad, que establece relaciones, que tiene capacidad de amor; por eso no sólo una circunstancia o persona lo orilla a la muerte, es un conjunto de sucesos y su incapacidad para atarse a la vida.

El suicida es un ser sensible, no débil, al que le afectan ciertas cosas, cientos de cosas, porque así permite que suceda, porque no quiere cubrirse de las agresiones de su medio y que deliberadamente hace el papel de idiota.

El suicida está solo porque es diferente y en su búsqueda de identificación, de que alguien lo ame tal o como es, amará una y otra vez, con el mismo resultado: sentirse solo.

A pesar de que el suicida es sensible a todo, tiene puntos frágiles, para algunos el prestigio, los bienes materiales, la libertad, el desamor, la tristeza… Y entonces puede parecer que se mató por la tragedia de ayer.

Grave error: se suicidó por lo que pasó hace diez o veinte años, por lo que hizo y por lo que fue incapaz de hacer, por el pasado y por el futuro.

Personalmente considero a los suicidas seres dotados de una mayor claridad porque lograron ver la realidad de un mundo menos sensible que ellos.

Y me pregunto en una noche como ésta, en que me atrevo a escribir: ¿por qué sigo con vida?.

Estoy confuso. No acabo de precisar cuándo comencé a pensar en el S u i c i d i o .

Tal vez siempre he pensado en la deslumbrante posibilidad de acabar yo mismo con mi vida, sin que otros intervengan. Lo que significaría que por fortuna nací con esa cualidad, predestinado, como otros nacen músicos, guerreros o poetas.